Dos Aguas, Valencia. Dos días antes del incidente.


Dos Aguas, Valencia. Dos días antes del incidente.
Mientras Marcos conducía, María le contó que el suelo empezó a temblar con fuerza durante varios y largos segundos y que probablemente una subida de presión había causado una explosión, ella estaba al lado, el fuego fue extinguido con rapidez por dos operarios, pero a ella le había parecido ver un vapor blanquecino y por eso había cerrado las esclusas, Carroggio había dirigido las especificaciones y había certificado la ausencia de cualquier fuga.
Había pasado terror, una fuga o un fuego descontrolado habría tenido consecuencias de difícil pronóstico pero ni mucho menos positivas
Mientras conducía, pudo observar como el temblor había talado varios árboles, y destrozado algunas ventanas de las casas. Ni se había fijado cuando se dirigió a la central, tampoco se había fijado si tenía algún pequeño destrozo en su casa.
—¿Quieres tomar un café? —le preguntó a María.
—Sabes que me podía haber muerto esta noche...
—No lo podría haber soportado.
—¿Por qué no te dejas ya de historias? ¿Cuánto tiempo llevamos así? Todo podría haber acabado esta noche.
Marcos intentó decir algo, pero solamente le salió un extraño y tímido ruido gutural.
—Invítame ya a tu casa, no quiero dormir sola.
Al llegar y parar el coche, María se abalanzó sobre Marcos y le besó, sabía a fresa, sus labios eran suaves, un poco fríos y húmedos. Un escalofrío recorrió la espalda de Marcos mientras se besaban.
Entraron en casa, hicieron el amor, y se quedaron dormidos. Había soñado tantas veces con ella, que aquella mañana parecía un sueño más.
Cuando Marcos despertó, María no estaba a su lado, vio luz por la parte de abajo de la puerta del baño. Se quedó tumbado pensando en lo bien que lo había pasado, en los años que habían transcurrido desde la última vez, en como mejoraría su vida ahora, quería quedarse para siempre en aquella habitación con ella.
Pasaron varios minutos, y María no volvía así que se levantó y picó en la puerta del baño.
—María, ¿estás bien?
Nada.
Picó más fuerte.
—¡María! Por favor, abre la puerta.
Nada. Intentó abrirla y nada. Así que gritó:
—¡Apártate de la puerta! ¡ La echaré abajo!
De un puntapié la abrió, y allí estaba María inconsciente abrazada al inodoro, el suelo lleno de sangre y vómito, y su espalda desnuda llena de llagas supurando.
Rápidamente Marcos llamó al 112, que no paraba de comunicar, valoró las alternativas posibles, y cargó con María en brazos hasta su berlina. En unos minutos estaban en el centro de salud de Dos Aguas.
Mientras esperaba en la sala de emergencias, marcó el número de De Arceo, apagado; marcó el de Carroggio, apagado; marcó el de la central, nadie lo cogía.
Unos minutos después, en un periodo de plazo más breve de lo esperado, una doctora de aspecto cansado, salió a la sala en busca de Marcos.
—¿Es usted familiar de María Sampedro —preguntó.
—¿Cómo está? —Notó como le temblaba incontrolablemente la mandíbula al hablar, los nervios se estaban apoderando de él.
—Está en situación de shock, es vírico, algo nuevo, pero ya llevamos tres casos esta noche. La tenemos que llevar al hospital de La Fe urgentemente, ¿viajará usted con ella en la ambulancia?
—Tres casos —pensó Marcos. La doctora seguía hablando pero Marcos no entendía nada desde la palabra ambulancia, su cerebro había optado por el bloqueo como mecanismo de defensa.
—¿Me entiende? —dijo la doctora.
Marcos no contestó.
—¿Me entiende? —Insistió—. Es normal un estado de semi—shock, cuando le pasa algo grave a alguien que queremos. Sería conveniente que le viera un psicólogo en Valencia.
¿¡Qué chorradas le estaba diciendo?!
Vio como dos enfermeros llevaban en una camilla a María hacia la salida de emergencia, donde les esperaba una ambulancia.
Todo sucedió muy rápido, y cuando Marcos comenzaba a digerir lo sucedido, ya estaban camino de Valencia a toda velocidad, el viaje es de aproximadamente una hora, pero a aquella velocidad no tardarían mucho más de treinta minutos. Marcos escribía un mensaje de texto a Carroggio, en la parte de atrás de la ambulancia junto a un enfermero de aspecto simiesco y una inconsciente y entubada María: “Contactad conmigo URGENTEMENTE. FUGA”. Así mismo envió un correo electrónico a la oficina de la central, “Asunto: PROTOCOLO ROJO. INDICIOS DE FUGA”.
Mientras escribía el correo, notó que se estaba mareando, no era bueno escribir ni leer mientras se va en movimiento, al menos para él, eso lo había aprendido hacía muchos años.
Un ataque de tos repentino hizo que el móvil se le cayera al suelo de la ambulancia, se agachó a recogerlo, pero otra vez la tos, se llevó la mano a la boca por educación mientras tosía, al retirarla, la palma estaba llena de sangre, eso no lo había aprendido pero sabía que no era una buena señal.

Diez horas seguidas trabajando, pensó el doctor Mir, ya no tengo treinta años. Se acercó a la mesa de la enfermera de guardia, y se sirvió un café tibio con sacarina.
—Tienen mala pinta los dos casos de Dos Aguas.
—Viene un tercero —le espetó la enfermera—. Han llamado que viene una ambulancia con una chica con los mismos síntomas.
—Cojonudo—pensó Mir—. ¿Para qué cojones le habré cambiado el turno a Martínez? Ya llevo dos ingresos en la UVI, encima uno agresivo atado a la cama. Joder, ¡me cago en todo!
—¿Qué cree que puede ser doctor? —le preguntó la enfermera que lo observaba ensimismado en sus pensamientos.
—Vírico, pero parece algo nuevo. Por si acaso los hemos puesto en cuarentena… —le interrumpió la sirena de una ambulancia que llegaba a Urgencias.
—Acompáñeme —le dijo a la enfermera. Y salieron trotando al parking de Urgencias del hospital junto con otro enfermero que arrastraba ágilmente una camilla.

Mir, al salir a la calle, notó un intenso olor a ceniza: las Fallas y yo con este marrón, pensó mientras se adelantaba a sus dos compañeros. Llegó el primero y sin mayor preludio abrió las dos puertas traseras de la ambulancia, lo que vio no era ni mucho menos un buen final de turno, todo estaba salpicado de sangre, techo, paredes, camilla, cristales… lo último que sintió fue como alguien se le echaba encima y le clavaba los dientes en la yugular.

sábado, 8 de marzo de 2014


Liebster Awards


Rain Cross desde su blog El sótano encantado ha premiado a Spanish Zombies con el Liebster Award, decirle que muchas gracias por pensar en éste blog sobre mi novela.

A continuación, las normas para el premio y las respuestas a sus 11 preguntas 

~ Agradecer el premio a quién te nominó. 
~ Responder las 11 preguntas planteadas. 
~ Nominar a otros blogs con menos de 100 seguidores y notificárselo. 
~ Plantear 11 preguntas nuevas 
Nomino a los blogs:

http://dontdeadopeninsideblog.blogspot.com/

Las 11 preguntas que debéis responder:
1. ¿Cual es el libro que más te ha impactado?

 En su día, American Psyco.
2. ¿Película/s favorita? El Padrino I y II.
3. No podrías vivir sin... Esperanza.
4. ¿Crees que DiCaprio se merece un Oscar? xDDDD La verdad es que sí, ya se lo había ganado en Infiltrados.
5. ¿Cual es tu artista favorito? -pintor, escritor, escultor... - Andy Warhol
6. Dime... ¿Ravenclaw, Gryffindor, Slytherin o Hufflepuff? :3 Gryffindor, siempre los Leones salvo el caso de los Lannister.
7. ¿A qué serie estás enganchado/a? Breaking bad
8. Eres friki de... Soy un frikazo de muchas cosas, sobre todo del cine.
9. ¿Estilo de música que más te gusta? Pop de los ochenta.
10. ¿Qué es lo que más odias a la hora de leer?  Que me hablen, jeje, soy bastante maniático.
11. Si pudieras cumplir un sueño realidad, ¿cual sería? Si lo dijera no se cumpliría.


Las once preguntas que debéis responder son:

1. ¿Cuál vuestro libro de cabecera?
2. ¿Cuál es vuestro actor y actriz favorita?
3. Mejor película de Zombies de la historia.
4. Mejor novela de Zombies, a parte de Spanish Zombies, que habéis leido. 
5. ¿Cuál es vuestra película de terror favorita?
6. ¿Lannister o Stark?
7. Personaje favorito de Juego de Tronos.
8. Personaje favorito de The Walking Dead.
9. ¿Que película os gustó y os da vergüenza reconocerlo?
10. ¿Recordáis el primer libro que habéis leído?
11. ¿Qué libro cambio vuestra vida?

 Gracias.

Dos Aguas, Valencia- Dos días antes del incidente.

Dos Aguas, Valencia. Dos días antes del incidente.
Cuando entró en la sala de control, María, Carroggio y De Arceo estaban allí junto con varios operadores.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Carrogio.
—He oído las noticias, el temblor…¿Ha pasado algo? —preguntó directamente.
—¿Tú no duermes? —le contestó Carroggio, como si no hubiera escuchado su pregunta.
—Ha habido una explosión en el reactor 2, que ha generado una alteración en los sistemas de refrigeración —contestó María preocupada.
—Gracias a Dios, María ha conseguido cerrar todas las esclusas a tiempo y no ha habido ninguna fuga —interrumpió De Arceo, con su inconfundible voz grave—. Ya están reparando exteriormente y revisando el reactor, ha sido una explosión muy débil, en una o dos horas estará funcionando. Es una suerte tener profesionales como los que tenemos en esta central.
—¿Habéis comprobado que no haya fuga de radiación? ¿Los conductos de ventilación funcionan correctamente? —insistió Marcos mirando a María.
—Por supuesto, ¿crees que solamente tú sabes cómo hacer el trabajo? No hay ningún peligro de fuga, el error en la configuración de los conductos de aire se arregló hace meses —contestó ahora Carroggio.
Hace unos meses se detectó un error en la configuración de esos conductos, pero Carroggio junto con dos ingenieros eléctricos, se habían encargado de su revisión y puesta a punto.
—Marcos, no se preocupe, está todo controlado. No ha habido ninguna fuga, y no la habrá. Las especificaciones de esos conductos están revisadas hasta por mí mismo. El pequeño incidente de hoy no tiene ninguna relevancia, la explosión ha sido como un pequeño petardo, estos días son los apropiados para estas cosas, hemos tenido nuestra pequeña mascletá —dijo De Arceo.
Todos se sonrieron excepto María y por supuesto Marcos. María estaba inhabitualmente pálida, tendría que hablar con ella a solas.
—Debemos informar al Consejo de Seguridad Nuclear —dijo Marcos.
—¿De qué vamos a informar? De una pequeñísima explosión, un mini incendio, de que no hay fugas ni se detectan vapores.
—Yo sí que vi vapor —interrumpió María.
—Tú estabas nerviosa María, el temblor fue justo cuando estabas al lado de la turbina —la corrigió Carroggio.
—¡Debemos informar! Es nuestra obligación, es un accidente —exclamó Marcos alzando el tono.
—Para que haya un accidente, como sabe, debe haber al menos una persona muerta por radiación, y aquí no ha pasado nada, como puede ver. Aunque lo quisiera considerar un incidente, tampoco cumple sus requisitos, ya le he dicho que nuestros hombres han comprobado la radiación —le dijo De Arceo, no tan amablemente como en su anterior intervención.
—Aun así debemos informar, es el protocolo de seguridad —insistió Marcos intentando no parecer desesperado.
—Le he dicho que no hay fugas y que no las habrá. —El tono de De Arceo había devenido en hostil, jugando con el doble significado de las palabras—. Mire —continuó educada y pausadamente como si hablara una persona completamente bipolar—, María y Carroggio parecen cansados, queda apenas una hora para finalizar su turno, creo que lo mejor será que se vayan, y dado el pequeño susto que hemos vivido tómense la noche y el día de mañana libres. Y usted Marcos tiene mal aspecto, debería dormir, porque parece que no ha descansado bien, tómese un par de días libres. Solamente ha sido un susto, que nos ha puesto un tanto nerviosos a todos, como responsable de la central me encargaré personalmente de que todo siga su cauce normal.
—Lo siento, pero yo hoy me quedo a trabajar —espetó Marcos.
—Usted no se queda, y no me obligue a darle descanso por un periodo superior o definitivo —le dijo fríamente De Arceo, mientras se daba la vuelta y se iba.
Sé a quien tengo que acudir, pensó Marcos mientras miraba a María, que parecía haber visto un fantasma.
—¿Me llevas a casa Marcos? No me siento muy bien.
A Marcos le tembló la voz al decirle que sí. Al fin y al cabo solamente había sido como un pequeño petardo.


 Mientras, De Arceo, solo en la sala de juntas, mantenía la mirada perdida hacia un botellín de agua, y unas cápsulas de yodo y calcio reglamentarias que toda central nuclear debe tener, abrió el botellín de agua, dio un sorbo y se tomó una pastilla.

Dos Aguas

Dos Aguas, Valencia, unos días antes del incidente.
Marcos, como cada vez que concluía su jornada, esperaba con ansia la llegada de su relevo.
Era ingeniero eléctrico en la central de Dos Aguas, hace doce años, la concentración de reservas de uranio, había permitido una autorización previa para construir la undécima central nuclear en territorio español, en este periodo de tiempo. Dos Aguas, un pueblo de unos cuatrocientos habitantes, había quintuplicado su población. La construcción de la central había traído además de a cuatrocientas familias, otras tantas colateralmente para dar cobertura a los servicios médicos, educacionales y demás necesidades primarias y comerciales.
La central, con dos reactores, daba empleo a cuatrocientas personas, además de las contratas y subcontratas correspondientes, llegando a una cifra aproximada de seiscientos empleados en su máxima rotación.
Marcos no tenía familia, se había ido a vivir a Dos Aguas, diez años atrás, y había vivido el nacimiento, construcción y evolución de la pequeña ciudad y su pequeña central con su consecuente pequeña prosperidad alcanzada, y las inevitables reacciones y protestas ecologistas.
La central la dirigía el señor De Arceo, un yuppi ochentero de aspecto altivo, pero con imagen adecuada para fomentar algo, que no era del todo popular, como la energía nuclear. Era su jefe directo, el suyo y el del resto de ingenieros, y estos eran los jefes directos de los operadores y operadoras de reactor—turbina.
María era operadora de turbina, Marcos estaba un poco cansado del trabajo a turnos, la central tenía que estar activa las veinticuatro horas, había incluso leído que más de cinco años trabajando a turnos podría tener inevitables efectos negativos psicológicos; pero las religiosas pagas, en una época de flaqueza económica como aquella y el hecho de poder ver casi cada día a María, le paralizaban a plantearse cualquier otra alternativa profesional.
Aquella noche le sustituiría Carroggio, un ingeniero de origen italiano, aunque nacido en Zamora, de aspecto aniñado que no era santo de su devoción, ni en lo profesional ni en el aspecto personal.
Ya se había quitado la bata blanca, y esperaba en la sala del café a Carroggio para pasarle las prescripciones y oscilaciones del día, no era necesaria hacer esta rutina, pero mientras esperaba, sabía que Carroggio siempre se retrasaba, vería llegar a María y podría charlar unos minutos con ella y compartir su última taza de café con la primera del turno de ella.
En efecto, unos minutos antes de su turno María entraba por la puerta, mientras a Marcos le temblaban levemente las rodillas, y su estómago hacía cosas raras. María tampoco tenía familia en Dos Aguas, tenía treinta y cuatro años, doce menos que Marcos, y para éste era la mujer más bonita del mundo. De aspecto casto, el pelo castaño claro recogido, y con unos ojos color miel que te traspasaban, así la veía Marcos y así se la había descrito a Carroggio, pero para este último, María era un polvazo debajo de ese aspecto de no haber roto un plato. En muchas ocasiones, había sentido como Carroggio, a pesar de estar casado con una mujer tres veces más grande que él, lo cual tampoco era ningún prodigio viéndole, y tener dos hijos monstruosamente gordos, se insinuaba casi grotescamente a María.
—Estas son las mejores en la cama —decía siempre.
Este y otros numerosos motivos hacían que Marcos odiara a Carroggio.
Sintió el sudor en la palma de sus manos cuando María le sonrió y le deseo buenas tardes.
Mientras compartían el café, Marcos intentaba una vez más un tímido acercamiento hacia María.
—Si necesitas cualquier cosa llámame, últimamente no duermo muy bien —le dijo en el tono más tranquilo que consiguió obtener.
—No te preocupes, sé hacer mi trabajo sola —contestó ella, mirándole fijamente a los ojos.
—Sé que sabes, lo que no estoy tan seguro es que Elena sepa. —Elena era como María y Marcos llamaban a Carrogio a sus espaldas,“El enano”.
—No te preocupes, ¿tienes plan para esta noche? —le dijo ella.
—Sí, la verdad es que tengo una cita con mi televisor. —qué patético soy. Pensó Marcos— ¿Y tú?—Qué conversación tan estúpida, pensó Marcos, si me pregunta que si tengo plan para esta noche, puede estar sugiriendo algo… Lo voy a intentar.
—Sí, he quedado con unos cuantos operadores de turbina, y con un ingeniero pervertido.
Los dos rompieron a reír. Marcos vio que la relajación podría ser su momento…
—¿Sabes María…? Tal vez algún día deberíamos…
Ella le miraba sin pestañear, evidentemente estaba esperando una invitación desde hacía mucho tiempo, pero Marcos, como un porcentaje muy alto de los hombres, no veía las señales femeninas ni con fuegos artificiales.
Cuando iba a acabar la frase, Carroggio entró en la sala cantando Amor de hombre.
Marcos sintió como se ruborizaba.
—¿Interrumpo algo? — preguntó Carroggio maliciosamente.
—No…, yo ya me iba, estoy cansado —dijo Marcos—. Tienes las prescripciones ahí. Hasta mañana chicos.  
Mientras abandonaba la sala, sintió los ojos de María clavados en su espalda. Era un cobarde, pero si le rechazaba, su corazón se rompería, y no lo podría soportar.
Condujo hasta su casa absorto en sus pensamientos, centralizados casi exclusivamente en María, cuando entró en la urbanización situada a las afueras de Dos Aguas, se percató de lo distraídamente que había conducido, le pasaba más a menudo de lo deseable, conducía y hacía muchas otras cosas como un autómata, por ejemplo trabajar; no tenía relevancia para la mayoría de esas cosas salvo por el hecho de que conduciendo y trabajando el riesgo de accidente se incrementaba.
Se preparó algo rápido para cenar y se fue a la cama, antes de acostarse, mientras se lavaba los dientes se observó en el espejo, para su edad, cuarenta y seis años, todavía se conservaba joven, pensó que si siempre nos vemos jóvenes a nosotros mismos, o es un engaño del subconsciente; algunas arrugas en la frente, y en el contorno de los ojos, mostraban el legado de las preocupaciones, la barba incipiente ya hacía sombra en un rostro correcto. Marcos se definía así mismo como un tipo común, ni atractivo ni lo contrario, ni obeso ni delgado. Eso es lo que era, una persona gris, ni blanco ni negro, en su vida solamente había destacado como estudiante, con un expediente brillante, rozando el cum laude.
Se acostó y puso un poco la radio hasta que cayó profundamente dormido.
Repentinamente despertó sobresaltado, el reloj despertador marcaba las cinco de la mañana, todavía tenía dos horas para dormir, pero estaba demasiado despierto y aunque lo intentó no consiguió volver a conciliar el sueño, así que aproximadamente a las seis encendió de nuevo la radio, que estaba apagada por la función de auto—apagado, estaban dando las noticias, parecía que se iba a quedar otra vez dormido…Pero entonces escuchó algo que lo hizo incorporarse de golpe, un pequeño seísmo había golpeado el levante de la Península a las cinco de la madrugada, rápidamente asoció su despertar con un ligero temblor de la cama, que había creído soñar.

Se levantó rápidamente, se puso una camisa amplia de cuadros, le gustaba que la ropa le quedara floja, unos jeans y una cazadora tejana, y salió acelerando a fondo de la urbanización.

El búnker I

EL BÚNKER I.
Cuando desperté, un olor a fritura resucitó mi estómago. Estaba aturdido, no tenía ni la menor idea de dónde estaba, todo estaba oscuro, extendí los brazos intentando tocar alguna pared, tal vez buscando un interruptor, nada.
Estaba acostado en una cama que no me resultaba familiar, intenté levantarme, pero me mareé y me tuve que volver a tumbar. Quise gritar, pero el terror me había dejado sin voz, un grito de pánico se ahogó en un extraño sonido gutural.
Volví a intentar levantarme, esta vez conseguí sentarme sobre la cama, era estrecha, lo comprobé cayéndome al suelo, me incorporé torpemente, y tropecé con lo que por su altura parecía una mesita de noche, algo de cristal se cayó al suelo, y rompió todo el silencio que mi amago de grito no había logrado.
Avancé con lentitud, no sabía muy bien en qué dirección, recuerdo que sudaba, sudaba a chorros, extendía mis brazos y con las palmas de las manos intentaba de nuevo tocar una pared, me imaginé que a ciegas tocaba una cara fría y noté como una cascada de sudor recorría mi espalda, bajé los brazos pero seguí avanzando, tropecé de bruces contra una pared, haciéndome un terrible daño seco en la frente; comencé a golpear la pared con las palmas de las manos, sentía en el dolor en mi piel, y por fin, conseguí gritar...
—¡Socorro, sacadme de aquí! —grité y grité con todas mis fuerzas.
Entonces, la luz, a mi izquierda, una puerta se abrió, la claridad inundó la habitación, no era más que un pequeño cuchitril de dos por dos, con un camastro oxidado, y una pequeña mesita de noche, en el suelo había una lamparilla hecha trizas.
Un hombre gordo, con un vaso de tubo, con lo que parecía tónica me observaba apoyado en el marco de la puerta.
—¿Siempre te despiertas así? Seguro que a tu mujer le encanta.
Cogí un trozo de cristal del suelo y apunté en su dirección:
—¿Quién coño eres? ¿Me han secuestrado?
El gordo reflexionó su respuesta, mientras su mirada me sonreía compadeciéndome.
—Sí, seguramente te hemos secuestrado, porque diriges seis o siete multinacionales y estás forrado.
¿Hemos? Estaba confundido, ¿estaba en un zulo?
—A cagar —dijo el gordo se dio la vuelta y se fue.
Parecía bastante ebrio.
—Teddy, ¡el señor se ha despertado! Y quiere que le lleven el desayuno a sus aposentos, ya que estás friendo patatas, puedes prepararle huevos a lo Lucio, que lleva mucho sin comer y parece un zombi.
—¡Joder! —se oyó la voz de otro tipo, algo más lejana. También se oía el sonido inconfundible del aceite hirviendo.
Al momento, un tiparrón vestido de militar, con el pelo rubio rapado a cepillo y con cara de pocos amigos entró en la habitación.
—¿Estás bien? —La pregunta pareció más bien una exclamación.
Sandra subió las escaleras rápidamente al escuchar todo aquel jaleo, y al llegar al bar, vio como Álex se estaba sirviendo un gin tonic.
—Hombre, Rocasolano —le espetó Alex.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sandra.— ¿Ha despertado?
—Es un varón, pero a ver cómo se lo explicas al padre… Es negro— dijo sarcásticamente Alex, mientras se le escapó medio eructo—. Ya somos toda una familia...
El tiparrón apoyó mi brazo sobre su hombro y me sacó del cuchitril, me sentía agotado, con su ayuda me dejé caer en una incómoda silla de promoción de una conocida marca de cerveza. La cabeza me daba vueltas, aquel sitio me resultaba familiar, una barra con tres taburetes, dos mesas rojas de plástico, con varias sillas del mismo plástico rojo descolorido, tras la barra una pequeña puerta daba acceso a lo que debía ser la cocina, tras de mí dos puertas entreabiertas con cartel de Privado, una era la del cuchitril donde sabe Dios cuanto tiempo llevaba encerrado y la otra dejaba entrever una escalera de bajada. La puerta de cristal del local cerrada, una verja metálica echada, que hacía opaca la visión del exterior, salvo por un pequeño, diminuto, vano, que daba acceso a la inconfundible claridad del día. Encima de la puerta una televisión apagada de no más de treinta pulgadas, con una pizarra a su izquierda, en la que rezaba:“19:00 horas Madrid—Levante”.
Encima de la barra, una especie de transistor móvil rompía el silencio con un ruido lineal y molesto, parecía como si estuviera intentando sintonizar alguna emisión.
En aquel antro había desayunado en alguna ocasión, era de los pocos sitios que quedaban en los que el café no costaba más de un euro, lo recordaba. Recordaba al dueño, de aspecto nórdico, taciturno y parco en palabras, con un acento de malo de película de James Bond, recordaba como bromeé en más de una ocasión con Noa, que seguramente se trataba de un nazi escondido en el Mediterráneo... Noa... Noa...
Ante mí, de pie, el tipo rubio y una familiar mujer, también rubia, de facciones perfectas me miraban con curiosidad. Tras la barra, el tipo gordo también me miraba pero con indiferencia…
—¿Te encuentras bien?— me preguntó el tipo rubio.
—Estoy mareado, me duele la cabeza…
—Te pondrás bien… Soy Teddy, esta es Sandra y aquel personaje es Alex —me dijo.
Miré al gordo, que asintió, por una vez, con amabilidad.
—¿Me habéis secuestrado?
—No, hombre, no, ¿qué recuerdas? —preguntó el gordo.
Me dolía mucho la cabeza, y tenía una sensación de estar mareado como cuando vas en barco.
—Recuerdo… recuerdo olor a ceniza, un taxi… recuerdo que Noa se fue en un taxi… Tengo que ir a buscarla…
Intenté levantarme, pero me fallaron las fuerzas, y volví a caer como un peso muerto en la silla.
—Tienes que descansar y comer algo —dijo Sandra, su voz me resultaba conocida.
—¡La comida, joder! —Teddy salió corriendo y entró en la habitación tras la barra.
—Creo que esto te refrescará un poco la memoria —dijo Alex, a quien le costaba un poco pronunciar las eses y las erres. Encendió la televisión con el mando a distancia…—. Escucha con atención.
Su Majestad el Rey,  estaba pronunciando un discurso, ya empezado:
—No sabemos con certeza quién nos ha atacado, pero ha diezmado nuestra población. La crisis económica y financiera se ha convertido en una crisis de vida, los muertos vuelven a por nosotros. Pero no olvidéis que están muertos, recordad nuestros valores, recordad de dónde venimos, y cuantas veces nos hemos levantado. —Alex repetía cada palabra al unísono, imitando su voz, Sandra miraba a la televisión con cara de aburrimiento—. Y por eso os pido, una vez más que luchéis, y que no os rindáis. ¡Luchad! ¡Luchad!  —Nunca había visto al Rey gritar. Alex apagó la televisión y continuó diciendo:
—¡Luchad por vuestros hijos! ¡Luchad por vuestras familias! ¡Luchad por vuestra tierra!
Sandra interrumpió a Alex:
—Desde hace días lo único que emiten es ese discurso, llevamos aquí encerrados más de una semana, aislados y no podemos salir.
—Esas son las buenas noticias —continuó Alex.
—Correcto —siguió Sandra—, las malas son que fuera, centenares de muertos hambrientos de sangre nos están esperando.

—Muertos que se pueden matar —concluyó Teddy, que se acababa de convertir en mi mejor amigo al poner delante de mí un plato con dos huevos fritos y patatas—. Tienes que comer. Poco a poco recuperarás la memoria, es normal que estés aturdido, llevas inconsciente demasiado tiempo. De hecho, ya no creíamos que fueras a despertar…

Teddy, 20 de marzo.


Teddy, 20 de marzo 14:42 horas.
Avanzaban a paso ligero por la calle Bailén. En cada bocacalle aparecían nuevos infectados, había cientos. A pesar de que su apariencia no reflejaba ningún vestigio de una inteligencia previa, Teddy sentía que los estaban encerrando en una especie de jaula que se iba convirtiendo en un embudo.
—Reservad las municiones, no tenemos metralla para todos —dijo Teddy—, y no os separéis.
El grupo avanzaba como una piña, en dirección Gran Vía Germanías, al llegar a ésta, pudieron comprobar que estaba plagada de caminantes, ya no en grupo sino en plena debacle. Entre ellos había hombres de uniforme, tanto militar como policía, niños, mujeres, ancianos, blancos, negros, chinos… Teddy vio como un chino que arrastraba los pies, y que parecía tener una rodilla doblada hacia atrás en un ángulo imposible, todavía llevaba un ramo de rosas. La situación era terrible, si bien era cierto que la concentración se posicionaba más hacia la derecha de la calle que a la izquierda.
Teddy sabía que había que tomar una decisión inmediata, por detrás venía un inmenso grupo, que parecía organizado, grupo que había ido cogiendo nuevos adeptos en cada bocacalle y que parecía querer empujarlos hacia la carnicería que tenían delante…
—Por aquí…—gritó por fin Mac, que rompió en un sprint la unidad del Grupo en dirección a las calles Gibraltar y Cuba.
Todos comenzaron a correr detrás de él, entre la gente, disparando a la cabeza de esas cosas, eran demasiados, pero se movían despacio.
Los siguientes momentos fueron confusos o así los recordó más tarde Teddy, vio cómo se les echaban encima, cómo disparó una y otra vez con su ametralladora, hasta que se le acabaron las balas, recordó cómo aquellas cosas se comieron a sus compañeros, recordó cómo Mac avanzaba de espaldas disparando cuando una mujer infectada lo abrazó por su espalda, mientras de un mordisco le arrancaba la yugular, recordó cómo el novato Fredo disparó nerviosamente y alcanzó a dos de sus compañeros, recordó girar por la calle Cuba, recordó las bombillas en lo alto, y el cartel con el nombre de la calle… Sin embargo, nunca recordó llegar a Sueca, no recordó cuándo cayó el último de sus colegas, ni cómo pudo atravesar una muralla de esas cosas y verse arrinconado contra una verja metálica mientras amartillaba su último cargador y buscaba la granada...
En ese momento sintió un disparo detrás suyo, se giró de inmediato y vio que una mujer con una pequeña pistola le gritaba y hacía señas para que entrara en el antro lúgubre con una verja entreabierta que tenía tras de sí.

Teddy entró, de eso no hay duda, se dejó caer en el suelo desfallecido y conmocionado, mientras vio a un hombre obeso cerrar la verja y la puerta. De rodillas en el suelo, pudo ver un siniestro cartel que daba la bienvenida al Búnker.